Bots, trolls, algoritmos e inteligencia artificial están haciendo más difícil distinguir entre opinión pública y conversación artificialmente amplificada.
Ariel Jeria, Gerente general de Rompecabeza.
En agosto, la detención en Bolivia de un asesor político argentino vinculado a campañas digitales volvió a poner sobre la mesa una práctica que lleva años preocupando a especialistas y gobiernos. La investigación detectó una red de cuentas falsas y bots que habría participado en campañas políticas de distintos países de América Latina. Más allá de cómo termine ese caso, deja una pregunta que vale la pena hacerse cada vez que abrimos una red social: ¿cuánto de lo que vemos representa realmente a la opinión pública?
Las redes tienen una capacidad enorme para mostrar qué temas preocupan, indignan o movilizan a las personas. El problema aparece cuando confundimos volumen con representatividad.
Las plataformas no cuentan ciudadanos. Cuentan publicaciones, comentarios, compartidos e interacciones. Una persona que escribe veinte veces sobre un tema puede tener más presencia que otras veinte que no publican nada. Por eso, incluso sin una operación organizada detrás, quienes tienen posiciones más intensas suelen dominar la conversación y dar la impresión de que una postura es mucho más extendida de lo que realmente es.
Que una opinión aparezca cientos de veces no quiere decir que existan cientos de personas detrás.
Cuando entran en escena bots y trolls, esa distorsión puede crecer rápidamente. Los bots permiten repetir mensajes, instalar tendencias y multiplicar contenidos a una velocidad imposible para una persona. Los trolls agregan interacción humana, confrontan, responden y mantienen vivo el tema. No siempre necesitan convencer a alguien de una mentira. A veces basta con provocar la sensación de que “todo el mundo” piensa de determinada manera.
Esa percepción importa. Si creemos que estamos frente a una mayoría, podemos sentirnos más inclinados a compartir una opinión, votar de cierta forma o incluso evitar expresar una posición distinta.
La inteligencia artificial hace este escenario todavía más complejo. Hoy es posible producir miles de versiones de un mismo mensaje, modificar su tono y generar interacciones mucho más naturales que hace algunos años. Eso reduce los costos de estas operaciones y vuelve más difícil reconocer cuándo estamos frente a una conversación auténtica y cuándo existe coordinación detrás.
Esto no significa que toda estrategia digital intensa sea manipulación. Una campaña puede invertir en publicidad, segmentar audiencias y trabajar con creadores de contenido de manera legítima. La diferencia está en la transparencia. Una cosa es persuadir abiertamente y otra muy distinta hacer pasar una operación organizada por ciudadanos independientes.
La regulación y las herramientas de detección son necesarias, pero siempre tendrán dificultades para seguir el ritmo de la tecnología. Por eso también necesitamos algo mucho más básico: aprender a mirar las redes con desconfianza.
Que un tema sea tendencia no significa que preocupe a todo el país. Que una opinión aparezca cientos de veces no quiere decir que existan cientos de personas detrás. Y que alguien publique más fuerte o más seguido tampoco lo convierte en mayoría.
En tiempos de algoritmos, bots e inteligencia artificial, desconfiar un poco de las mayorías digitales puede ser una saludable forma de informarnos mejor.







