Diego Imperio, presidente y CEO de Ricoh LATAM, explica cómo la empresa redefine el lugar de trabajo con IA, ciberseguridad y servicios gestionados en doce países de la región.
Cuando una empresa que nació fabricando máquinas de impresión decide que su negocio central es el trabajo inteligente, el cambio no es cosmético: es estructural. Eso es precisamente lo que ha ocurrido con Ricoh en América Latina durante la última década, y lo que su CEO Diego Imperio, describe con una claridad que pocas veces se escucha en el sector tecnológico regional.
“Somos fabricantes de tecnología y ese legado sigue siendo parte de nuestro ADN”, reconoce Imperio. “Sin embargo, hoy nuestra propuesta va mucho más allá: ayudamos a las organizaciones a construir lugares de trabajo inteligentes, donde personas, espacios y procesos se conectan de manera más eficiente, segura y productiva.”
El trayecto no fue lineal. La compañía fue incorporando capacidades de forma orgánica —sumando talento especializado— y luego mediante adquisiciones estratégicas. Videocorp fortaleció la entrada al mundo audiovisual y de seguridad electrónica en Chile y Perú. Go2neXt, en Brasil, reforzó la oferta de colaboración empresarial y modernización de infraestructura de TI. La integración más reciente, ValueTech en Chile, extendió las capacidades en gestión de procesos de extremo a extremo. Cada movimiento responde a una misma lógica: seguir al cliente más allá de la impresión.
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Una región propia, no un apéndice de Asia Pacífico
En 2024, Ricoh LATAM dejó de operar como región compartida para convertirse en una de las cinco grandes regiones del Grupo Ricoh, con presencia directa en doce países. La decisión tiene consecuencias operativas concretas.
Para el cliente corporativo, se traduce en tres ventajas que Imperio enumera sin rodeos: mayor cercanía en la toma de decisiones, mayor consistencia en niveles de servicio entre países, y mayor especialización técnica en áreas como ciberseguridad, colaboración ProAV, automatización de procesos y servicios gestionados.
“La IA no vive aislada”, insiste Imperio. “Tiene valor cuando se integra desde la impresión misma, en procesos documentales, flujos de trabajo, seguridad o soporte.” A eso se suma la dimensión cultural: formar equipos, ajustar roles, revisar indicadores y garantizar que el tiempo liberado por la automatización se convierta en decisiones de mayor valor, no simplemente en horas ahorradas sin destino.
Ese último punto importa más de lo que parece. En un mercado donde los equipos de TI corporativos tienen que interlocutar con docenas de proveedores, Ricoh apuesta por convertirse en un integrador capaz de hablar no solo con la dirección de tecnología, sino con cualquier área del negocio que quiera resolver un problema operativo apoyándose en tecnología.
El contexto regional complica el tablero. América Latina no es un mercado uniforme: hay brechas significativas de madurez digital entre países e industrias, presupuestos volátiles y ciclos de decisión largos. “Más allá de esas diferencias, hay algo común en toda la región”, señala Imperio: “la conversación dejó de girar en torno al producto y pasó a centrarse en resultados concretos —disponibilidad, seguridad, experiencia del usuario, velocidad de respuesta al negocio—.” Ese desplazamiento del eje del diálogo es, en sí mismo, un indicador de madurez del mercado.
IA sin pilotos eternos: de la experimentación al impacto real
La inteligencia artificial es hoy el tema dominante en los foros de tecnología empresarial. Sin embargo, Imperio identifica un patrón preocupante en la región: “La mayoría de las organizaciones ya ha explorado alguna iniciativa de IA o automatización, pero a muchas todavía les cuesta transformar esos pilotos en resultados sostenibles.” La frustración post-piloto, podría llamarse.
La receta de Ricoh parte de un diagnóstico previo al despliegue tecnológico: identificar qué procesos consumen más tiempo, generan más fricción o frenan el negocio. Solo desde ahí tiene sentido hablar de automatización documental, workflows de back office, analítica o soporte al usuario.
“La IA no vive aislada”, insiste Imperio. “Tiene valor cuando se integra desde la impresión misma, en procesos documentales, flujos de trabajo, seguridad o soporte.” A eso se suma la dimensión cultural: formar equipos, ajustar roles, revisar indicadores y garantizar que el tiempo liberado por la automatización se convierta en decisiones de mayor valor, no simplemente en horas ahorradas sin destino.
En el plano de la ciberseguridad y la continuidad operativa —las otras dos prioridades estratégicas para 2026 que Imperio ha detallado en publicaciones recientes sobre planificación tecnológica— el enfoque es igualmente pragmático. La propuesta cubre dispositivos, redes, entornos de impresión y colaboración con un modelo preventivo y predictivo, con el objetivo de reducir tanto la fricción operativa como el riesgo.
Para las empresas medianas, que representan buena parte de la base de clientes en la región, Ricoh adapta su portafolio con un principio simple: no presentar todo al mismo tiempo. “Entramos por un problema concreto, visible y medible”, explica Imperio.
“Puede ser la gestión de dispositivos, la experiencia en salas de reunión o la automatización de un proceso documental crítico. A partir de ese punto construimos una solución escalable.” El objetivo no es que el cliente adopte más tecnología, sino que resuelva mejor sus necesidades operativas.
Los modelos de Managed Services y Device-as-a-Service (DaaS) sostienen esa lógica de relación a largo plazo. Imperio describe cuatro dimensiones con las que mide el éxito en esos contratos: el valor sostenido que el cliente percibe a lo largo del tiempo, la capacidad de renovación y extensión de contratos —indicador de confianza real—, la expansión hacia nuevos países o servicios dentro del mismo cliente, y la experiencia medida a través de NPS y encuestas por servicio. Lejos de las métricas de volumen de hardware instalado, el norte es ahora que los procesos del cliente funcionen mejor, que los empleados tengan menos fricciones y que los equipos de TI puedan concentrarse en crear valor estratégico.
De cara a 2026, Imperio identifica tres prioridades: consolidar el Intelligent Workplace como propuesta central integrando Workplace Experience y Process Automation; profundizar en industrias donde la continuidad operativa y la seguridad son críticas; y fortalecer alianzas y ecosistemas que le permitan operar como integrador confiable. “La diferenciación no vendrá por tener más productos”, concluye, “sino por nuestra capacidad de integrar capacidades, operar con consistencia y generar resultados visibles.”
En el horizonte que dibuja Imperio, el lugar de trabajo del futuro en América Latina no se define por un espacio físico sino por la capacidad de ese espacio para conectar personas, información, procesos y tecnología de manera fluida.
Automatización con propósito, resiliencia operativa incorporada desde el diseño y experiencias humanas potenciadas —no reemplazadas— por la tecnología. Un escenario que Ricoh, al menos según su CEO, lleva años preparando sin esperar a que se convierta en tendencia.







