Las mujeres ocupan apenas 29% de los puestos directivos globales. El 8M exige hablar de poder de decisión tecnológica, no de representación simbólica.
Cada mes de marzo, la conversación corporativa sobre liderazgo femenino se activa con una cadencia predecible: paneles, cifras, testimonios inspiradores. Lo que rara vez aparece con la misma intensidad es una pregunta más relevante: ¿cuántas mujeres en tecnología están sentadas en la mesa donde se aprueba el presupuesto de transformación digital, se define la arquitectura de datos o se decide qué sistema de inteligencia artificial adoptará la empresa?
La distinción no es menor. En un entorno donde la tecnología determina la competitividad de las organizaciones, el acceso al poder de decisión tecnológica es, en los hechos, acceso al poder estratégico.
La brecha no está solo en el acceso, sino en la autoridad
Los datos disponibles no admiten interpretaciones optimistas. Según el Foro Económico Mundial, persiste una brecha de más del 30% en participación económica y oportunidades de liderazgo para las mujeres a escala global. Un análisis de McKinsey & Company sobre representación en alta dirección sitúa a las mujeres en apenas el 29% de esos cargos.
“Hablar de liderazgo femenino sin hablar de poder de decisión es quedarse en la superficie. No se trata de un reto simbólico; las decisiones basadas en tecnología son hoy estructurales”. Elisa García Barragán, CEO de Grupo Netsoft.
Cuando el análisis desciende al sector tecnológico, la fotografía se vuelve más nítida. El Women in Tech Leadership Survey, elaborado a partir de más de 4,200 respuestas, revela que el 72% de las profesionales encuestadas reportó sesgos que condicionaron su acceso a posiciones de liderazgo, mientras que el 56% señaló haber experimentado discriminación que afectó directamente su trayectoria profesional.
Elisa García Barragán, CEO de Grupo Netsoft, empresa de software que implementar de Oracle NetSuite con más de 20 años de operación en Latinoamérica, sitúa el debate en términos precisos: “Liderar no significa solamente estar presente en un equipo. Significa tomar decisiones orientadas a que la implementación de soluciones, los montos de inversión y los escenarios de riesgo estén genuinamente dirigidos a resultados de negocio”.
La observación apunta a una distinción que los indicadores de representación no capturan: hay una diferencia entre ocupar un cargo directivo y tener autoridad real sobre las decisiones que definen el rumbo tecnológico de una organización.
Cuando decidir sobre tecnología es decidir sobre todo
La irrupción de la inteligencia artificial ha redefinido el alcance de las decisiones tecnológicas. Integrar automatización, analítica avanzada y gobierno de datos en la arquitectura central de una empresa ya no es competencia exclusiva del área de TI: impacta finanzas, operaciones, cadena de suministro y estrategia corporativa. Quien decide sobre tecnología, decide sobre el negocio.
En ese contexto, proyectos como la implementación de un ERP o la adopción de plataformas de IA implican evaluar riesgos, proyectar escenarios financieros, asignar recursos y asumir responsabilidad por los resultados. Son decisiones con consecuencias medibles, no ejercicios de gestión simbólica.
García Barragán lo formula sin ambigüedad: “Hablar de liderazgo femenino sin hablar de poder de decisión es quedarse en la superficie. No se trata de un reto simbólico; las decisiones basadas en tecnología son hoy estructurales”.
Esa doble exigencia, demostrar competencia técnica en entornos altamente especializados y ejercer autoridad ejecutiva en espacios históricamente masculinizados, define el escenario que enfrentan las mujeres en tecnología que aspiran a roles de liderazgo real, no ceremonial.
La pregunta que el 8M debería instalar en las agendas corporativas no es cuántas mujeres ingresan al sector tecnológico. Es cuántas están tomando decisiones sobre arquitectura digital, inversión en inteligencia artificial y gestión de riesgos tecnológicos. Mientras esa distinción no se vuelva un indicador medible y exigible, la conversación sobre liderazgo femenino seguirá siendo, en gran medida, una conversación sobre visibilidad y no sobre poder.







